La residencia de Rosas en Palermo

Se cumplen mañana 225 años del nacimiento del “Restaurador de las Leyes”. Su caserón fue el centro del poder durante muchos años y luego se transformó en un símbolo de la división entre argentinos. Terminó dinamitada.

Ya siendo gobernador de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas adquirió una importante cantidad de hectáreas en la zona del actual barrio de Palermo, donde edificó su residencia. Se mudó en 1838 y la habitó junto a su hija, hasta 1852, cuando debió exiliarse en Gran Bretaña. El famoso e histórico caserón bautizado Palermo de San Benito -que estaba ubicado en la actual avenida Del Libertador y Sarmiento hasta el río sobre el arroyo Maldonado, hoy avenida Juan B. Justo- también funcionó como sede de gobierno de la Confederación.

La casona estaba rodeada de amplísimos parques, con una rica variedad de árboles y plantas, un lago artificial, glorietas, bustos de mármol, una especie de zoológico y una capilla dedicada a la Purísima Concepción.
Los porteños de la época podían acceder a dicho parque, a caballo o en carroza, para disfrutar de un día de sol y aprovechar para navegar sobre el Maldonado o divertirse con una de sus atracciones como el barco atracado en tierra, víctima de una sudestada. También solían frecuentarlo los negros con sus coloridos candombes.
Con el estilo colonial de la construcción, Rosas buscó deliberadamente una afirmación de sus ideas federales y diferenciarse del estilo europeo. Al respecto, el viajero inglés William Mac Cann, sostiene que el motivo que llevó a Rosas a edificar su residencia en un lugar tan inhóspito fue dar “el ejemplo de lo que podía hacerse cuando se trataba de vencer obstáculos y se tenía la voluntad para vencerlos”.
La casa era un inmenso rectángulo de planta baja con cuatro torres en los vértices formando un cuadrado de 78 por 76 metros. Mampostería de ladrillos, rejas de hierro y madera de excelente calidad fueron los materiales utilizados. En su interior no había gran lujo. Si calidad, austeridad y una sobria decoración. No faltaban los cortinados de seda roja, muebles de caoba, espejos, iluminación con faroles de aceite, un piano, alfombras, estufas y una gran biblioteca. Para 1851, estaba pavimentada la entrada y contaba con un servicio de transporte.

CAIDA, CONFISCACION Y DECADENCIA
Tras la caída de Rosas, su caserón se convertiría en un símbolo de la división en la que una vez más, y no la última, los argentinos se embarcarían.
El 3 de febrero de 1852, el llamado “Ejército Grande” liderado por Justo José de Urquiza, junto a tropas de Brasil y Uruguay, venció a Rosas en la batalla de Caseros. El caudillo entrerriano triunfante ingresó a Buenos Aires, se hizo cargo de la Confederación y se instaló en San Benito. Como años anteriores la residencia había sido testigo de las órdenes sumarias de ejecución firmadas por Rosas, ahora también vería los decretos de fusilamiento y degüello por parte de Urquiza.

Sólo días después de Caseros, el 16 de febrero, Urquiza decretó la confiscación de todos los bienes de Rosas que pasaron a ser propiedad municipal. Sin embargo, Urquiza no permaneció mucho en Palermo, un año después, debido a la secesión de Buenos Aires, se trasladó a su provincia y gobernó desde el increíble palacio San José.
El caserón de Palermo se mal usó como cuartel militar y fue víctima de saqueos. En 1858, sirvió de sede a la Primera Exposición Agrícola Ganadera del país. En 1865, el presidente Mitre ordenó que la ocupara una sección del Ejército para la formación de oficiales. En 1869, el presidente Sarmiento decretó la creación del Colegio Militar de la Nación y que su sede sería la casona de San Benito. Se inauguró en julio de 1870, tras las reformas correspondientes.

En 1874, Sarmiento, pocos meses antes de dejar la Casa Rosada y tomando como modelo los grandes espacios verdes europeos, logró que el Congreso sancionara una ley para denominar “Parque 3 de febrero” a toda la extensión de tierras que ocupara la residencia de Rosas. El 11 de septiembre lo presentó oficialmente el presidente Avellaneda en un masivo acto que contó con la presencia de “lo más selecto de la sociedad” según la crónica de la época.
El Colegio Militar funcionó en San Benito hasta 1892. Luego fue asiento de la Escuela Naval hasta 1898.

DINAMITACION Y FIN
En 1899, el intendente de Buenos Aires Adolfo Jorge Bullrich -durante la presidencia de Julio Argentino Roca- en pleno afianzamiento de la historia oficial y de los polémicos altares de los héroes de la patria, decidió terminar con cualquier lugar que recordara a Rosas. Y un nuevo aniversario de Caseros era un “gran oportunidad”.
Los argentinos conocieron la noticia a través del diario La Prensa el cual, en su edición del 14 de enero de 1899, informó sobre el traslado de la Escuela Naval al barrio de Flores y acerca de la demolición “sin pérdida de tiempo” de la casa que perteneció a Rosas.
“En cuanto a la demolición de la tapera -relata en su crónica La Prensa- como ha dado en llamarse esa verdadera ruina, el intendente municipal tiene el propósito de que coincida con el aniversario (de la batalla de Caseros, el 3 de febrero) de modo que el sol de Caseros no alumbre más ese vestigio de una época luctuosa, y que fue la morada del tirano”.
La polémica estaba instalada. El 26 de enero, La Prensa publicó una amplia nota para apoyar y justificar la decisión de Bullrich. Entre otros conceptos afirmó la necesidad de “derribar de un solo golpe, en una sola noche, la morada antes tenebrosa de la cual partieron tantas ordenes sangrientas”. Criticó a aquellos que se manifestaron a favor de conservar la casona como una manera de enseñanza a las nuevas generaciones el repudio a las dictaduras. Y aclaró que prefería educar a la juventud en los valores de libertad, justicia y solidaridad y que “la construcción vulgar” sólo “remueve memorias de sangre, de crimen, opresión y barbarie”. La conclusión fue: “Abajo, pues el odioso baluarte del más cruel de nuestros caudillos y el más tétrico y feroz de nuestros tiranos”.

Mientras La Prensa elogiaba la decisión oficial, Caras y Caretas la criticaba. La popular revista decía: “Mientras nosotros tenemos un intendente municipal criollo, que para festejar con criterio vengador el aniversario de un suceso político de relativa importancia en la historia de nuestra evolución social emplea la piqueta de sus peones en demoler un viejo edificio sugestivo y típico, característico de una época, reflector poderoso para los sabios que investigan y deducen de los monumentos, mudos para la generalidad, verdades que sorprenden; en Europa esas mismas piquetas oficiales remueven la tierra para descubrir una ciudad cubierta por la lava de un volcán, excavan el fondo de un mar para encontrar los restos de un palacio sumergido, horadan una montaña para proporcionar a los que estudian, los medios de esclarecer el origen de una raza o descubrir, por las huellas que dejó, sus caracteres propios y especiales”.

Más allá de las palabras, finalmente, el 3 de febrero fue dinamitada. En la crónica de aquel día La Prensa aseguró que concurrió una gran cantidad de público para seguir los acontecimientos desde sus “carruajes”. Entre otros, se encontraba el embajador de los Estados Unidos, William I. Buchanan, quien recibió de parte del intendente Bullrich un bastón de recuerdo hecho con madera del famoso “Aromo del Perdón”, donde Manuelita Rosas le pedía clemencia a su padre a favor de algún condenado.
Por la noche “se encendieron los focos de luz eléctrica” para que 400 peones municipales pudieran continuar con los trabajos de remoción de escombros entre las ruinas. “El espectáculo resultó de un efecto verdaderamente teatral e interesante”, rescató la crónica. Y finalizó diciendo que lo único que quedó en pie fue “el famoso árbol de tala de cuyas ramas se refiere que pendían las cabezas de las víctimas de la tiranía”.
A los pocos días, la opinión pública volvió a conmocionarse. La Prensa informó que durante los trabajos de remoción de escombros se habían encontrado “lo que podrían ser huesos humanos”. El tema despertó numerosas conjeturas -igual que las que afirmaban que había tesoros escondidos- pero nunca se confirmó nada.

CAPRICHOS POLITICOS
La miopía política destruyó el patrimonio nacional. No alcanzó que durante los próximos años, el Parque 3 de Febrero se fuera enriqueciendo de la mano del paisajista Carlos Thays. Los caprichos políticos de la historia hicieron que durante todo el siglo XX, el lugar donde estaba la morada de Rosas fuera custodiada por dos enormes estatuas. Una de Sarmiento (realizada por Rodin e inaugurada en 1900 bajo la presidencia de Roca) y otra de Urquiza (inaugurada en 1958 bajo el gobierno de la “Revolución Libertadora”). Recién en 1999, durante el gobierno de Menem, se instaló una estatua en honor a Rosas.
A partir de 1985 un grupo de arqueólogos encabezados por Daniel Schávelzon y Jorge Ramos, con la intención de recuperar parta de nuestra historia, realizaron una serie de excavaciones en el lugar donde estaba el caserón encontrando restos arquitectónicos consistentes en pisos de ladrillos y baldosas, paredes y diferentes objetos de esa época. Recientemente, en 2013, hallaron parte de los baños de la residencia.